A Basilio Astrada lo conocí una noche de invierno del ‘94 en Tierra del Fuego, cuando me enviaron a verlo para evaluar la posibilidad de reconstruir el partido en Río Grande. El PO había tenido una gran influencia en los barrios y en el gremio de la construcción pero esa influencia se había perdido.
Basilio vivía solo en un rancho de chapa y madera en el Barrio Sur, un villorio miserable donde habitaban aquellos obreros que no habían tenido la suerte de acceder a las viviendas de los planes del Intevu. Llegué de noche, recorrí el barrio y pregunté por su casa. Los vecinos lo conocían y me orientaron pero cuando golpeé en la puerta los perros ladraron y nadie me atendió. (...) Entonces escuché una voz arrastrada que preguntaba ¿quién es? Soy Darío, respondí. No conozco ningún Darío. Silencio. Volví a golpear: Soy Darío, insistí, y agregué: del Partido Obrero. Silencio. Entonces el dueño de la voz se incorporó, cambió el tono, el estado de ánimo, el de sueño, el de ebriedad y lanzó un "adelante compañero. Si es del Partido Obrero es bien recibido". (...)
Basilio estaba feliz como un chico. Creo que revivió con mi llegada épocas mejores, cuando tenía trabajo, cuando se peleaba con la burocracia de la UOCRA, cuando se enfrentaba en el barrio con los punteros políticos del peronismo. (...) Charlamos hasta la madrugada, escuchó atentamente y con mucha seriedad lo que yo tenía para informarle, comimos un plato de arroz hervido, nos quedamos a charlar junto al fuego y después nos fuimos a dormir porque al otro día había que enfrentar lo que el creía un gran desafío: ir a los medios a anunciar que "el PO había vuelto".
Al otro día nos levantamos temprano (...) Cuando caminábamos por el barrio, los vecinos lo saludaban amablemente. No había ninguna duda, Basilio era un obrero reconocido y respetado por sus iguales y la mala época que le tocaba vivir no había hecho caer ese prestigio. Ante cada saludo, Basilio Astrada repetía invariablemente: "volvió el Partido Obrero, volvió el partido Obrero" (...).
Cuando entrábamos en las radios para hacer la denuncia de la jubilación privada, se presentaba y después me presentaba a mí, quien iba a hablar "en nombre del Partido Obrero". (...)
Esa tarde me fui con el compromiso de seguir conectados (...) Nunca más lo vi. Algunos meses después, leí por casualidad un artículo del Tiempo Fueguino donde informaban de un incendio en una casilla del Barrio Sur. Los bomberos encontraron, abrazado a un pequeño cachorro, el cuerpo calcinado de un hombre de unos cuarenta años, que fue identificado como Basilio Astrada. La noticia me rompió el corazón. A Basilio no lo mató el fuego ni el alcohol; lo mató la desocupación, el capitalismo decadente del justicialismo de fin de siglo. Siento que le debo este artículo y muchas cosas más.
(Extractado para su publicación)









