El portal del grupo alemán Spiegel dice: "A pesar de la ausencia de metas concretas, la mayoría consideró el acuerdo (sobre cambio climático en la cumbre de Bali) un éxito" (Brecha, 21/12/07). Una falacia completa, especialmente porque así quieren presentar las cosas los principales participantes de la XIII Conferencia de las Partes de la Convención de la ONU sobre Cambio Climático (CMCC). Pero, ante un problema tan acuciante y urgente, la "ausencia de metas concretas" sólo significa fracaso. La firma de ese acuerdo es, por tanto, un taparrabos deshilachado.
Sin embargo, la cuestión del calentamiento planetario ya impulsa negocios y negociados de las grandes corporaciones imperialistas, debidamente acompañadas por no pocos "ecologistas".
Por ejemplo: "El año pasado, las acciones de empresas dedicadas a la producción de energías limpias, tales como energía solar, eólica y biocombustibles, subieron con mucha fuerza" (El Cronista, 16/1).
En la Argentina, entre esas empresas están la azucarera Ledesma, la agropecuaria Cresud y la energética Capex.
Ledesma, como se sabe, no sólo tuvo responsabilidad directa en casos de desaparición de trabajadores durante la dictadura; además, en estos momentos tiene pendiente en la Corte Suprema de Justicia una causa, precisamente, por contaminación ambiental.
En cuanto a Cresud, perteneciente al grupo Soros, es la sojera más grande la Argentina junto con Grobocopatel. Es decir, está entre los destructores del medioambiente responsables de arrojar campesinos de sus tierras para saturarlas con un cultivo depredador. Se especializa en la producción de maíz mavera, con un alto contenido de aceite y útil para fabricar biodiésel. Cuando esa actividad se extienda y el maíz se destine básicamente a la generación de combustible, aumentará su precio y arrastrará consigo el costo de los alimentos. Cresud es también uno de los grandes compradores de tierras en la Patagonia. En el norte, sus cultivos de soja desplazan al monte, echan campesinos y producen un desastre ambiental.
Capex Atalaya Energy -tal el nombre con el cual opera en la Argentina- es una controlada del grupo canadiense Canadian Hunter y trabaja en sociedad con Exxon Mobil Corporation, la mayor petrolera del mundo. Entre muchas otras actividades, Capex se ha quedado con ocho áreas de la llamada "cuenca neuquina", donde comparte actividades con Pluspetrol, Golden Oil Corporation, Petroleum Ameritas Limited y Consorcio Cliveden. Esto es: la producción de "energía limpia" hace subir el precio de las acciones de un grupo dedicado a la actividad más contaminadora del planeta.
Por supuesto, se trata de un fenómeno internacional. En Wall Street, el Wilder Clean Energy Index, integrado por las 48 acciones norteamericanas más fuertes del sector de energías "limpias" y renovables, ha crecido un 58 por ciento durante el año pasado. Esa tendencia se mantuvo aún en el último trimestre de 2007, cuando la crisis de las hipotecas en los Estados Unidos ya se hacía sentir con fuerza.
El decreto del veneno
En octubre del año pasado, Néstor Kirchner firmó un decreto que obliga a incluir en las naftas, a partir de 2010, un 5 por ciento de combustibles vegetales, lo cual obligará a producir 210 mil toneladas anuales de etanol. De esa producción, no menos del 75 por ciento se generaría en los ingenios azucareros. De ahí la trepada en el precio de las acciones de Ledesma.
Tanto las grandes agrupaciones ecologistas como George W. Bush consideran que el etanol es "el combustible del futuro". Por eso trepan en Wall Street las acciones del cartel cerealero, integrado por los pulpos Continental, Louis Dreyfus, Pillsbury, ConAgra, Bunge & Born y otros.
Esas compañías fabrican etanol a partir de la destilación de maíz, pero las plantas destiladoras funcionan mediante la quema de carbón, una de las formas más sucias de producir energía. Se duda, incluso, que el etanol puede generar más energía que la empleada para producirlo. Un grupo de estudios de la Universidad de California, dirigido por el experto Alexander Farrell, indicó en un trabajo que el etanol reduce los gases de invernadero sólo en un 13 por ciento.
Por su parte, el comisario europeo de Empresa e Industria, Günther Verheugen, tras advertir que la reducción en un 20 por ciento de las emisiones de gases contaminantes en 2020 "va a costar dinero, no será barato" (El País, 22/1), admitió: "La lucha contra el cambio climático es una oportunidad económica" (ídem anterior). Si se vincula una idea ("no será barato") con la otra ("oportunidad económica") se tiene en claro que esa "lucha" actuará en favor de una mayor centralización de capitales, del reforzamiento de grandes pulpos imperialistas en detrimento de otros.
Pero también en ese punto marcharán con cuidado. Verheugen advierte que si se intenta ajustar demasiado las tuercas para que las corporaciones europeas contaminen menos, buena parte de su producción se trasladará a países más permisivos (Asia, África, Latinoamérica), con lo cual la contaminación aumentará en vez de disminuir y, al mismo tiempo, se verán afectados la actividad económica y el empleo en Europa.
Además, "el efecto dominó de la crisis de las hipotecas estadounidense y el riesgo de recesión en el país, la subida del precio del petróleo y de los alimentos auguran tiempos poco dados a los sacrificios" (ídem anterior). Como se ve, buscar soluciones al problema del envenenamiento global por medio de incentivos a los supuestos productores de "energía limpia" no sólo tiene límites insalvables; además, opera en perjuicio de las naciones oprimidas, de sus campesinos, de sus trabajadores en general y, por supuesto, del medio ambiente en todo el mundo.









