En su número de junio de 1968, Política Obrera (antecesora del Partido Obrero) reprodujo en su periódico un artículo de The Economist, importante órgano de la burguesía inglesa, que caracterizaba de la siguiente forma el rol jugado por el Partido Comunista en los acontecimientos que tenían lugar en Francia.
"Una revolución moderna ha de coincidir con una situación revolucionaria y un partido u organización dispuesto a tomar el poder. En la Francia paralizada, la situación tiene visos de revolucionaria, pero el partido que siempre enarboló la bandera revolucionaria no da señales de ir a las barricadas.
"Los comunistas se han subido al vagón de los rebeldes, pero lo han hecho para poner los frenos. No es que el Partido Comunista francés quiera mantener en el poder al general De Gaulle y a su régimen, sino que está usando un arma revolucionaria -huelga general e ilimitada- para conseguir un objetivo parlamentario: la formación de un gobierno de frente popular. (...)
"Después de las manifestaciones multitudinarias del lunes anterior, los trabajadores jóvenes de la fábrica Sud-Aviation de Nantes se habían apoderado de los talleres. Pero el movimiento obrerista no alcanzó ímpetu hasta el 16 de mayo, cuando quedaron ocupadas las fábricas de automóviles Renault.
Esta vez, ya no era el París rojo frente a las provincias conservadoras. Las huelgas se extendieron con más rapidez en el oeste de Francia, en donde el descontento entre los trabajadores es más pronunciado. La disparidad no fue geográfica, sino entre generaciones. En todas partes los trabajadores jóvenes tomaron la iniciativa y fueron seguidos por los mayores.
"Una vez más, los comunistas se vieron desbordados por los acontecimientos. Pero esta vez reaccionaron rápidamente. El mayor de los sindicatos franceses, la CGT, dominada por el Partido Comunista, se puso inmediatamente en contacto con el sindicato católico, la CFDT. Luego envió instrucciones a sus militantes para que apoyasen el movimiento, incluidas las ocupaciones de fábricas, pero limitando las demandas a la tradicional fórmula de salarios más elevados, menos horas de trabajo y la abolición de las impopulares ordenanzas sobre seguridad social. (...)
"Cada vez que, en estos días, se oye a alguien en la radio francesa vituperando contra los 'aventureros' puede darse por supuesto que el destinatario de la crítica es Daniel Cohn-Bendit o algún otro estudiante izquierdista. En cambio, ya no es fácil adivinar el color político del atacante: puede ser un gaullista o un comunista. Por otra parte, si alguien habla de revolución, cambios estructurales o 'sociedad socialista', puede darse por supuesto que no será un comunista."









