Todos somos Hrant. Todos somos armenios!”, cantaban los cientos de miles de personas, en su mayoría turcos y kurdos, que asistieron al funeral de Hrant Dink, el principal representante de la comunidad armenia y hombre de izquierda.
Hrant fue asesinado al mediodía, en uno de los más concurridos barrios de Estambul. Recibió tres tiros en la cabeza a la salida de la sede del semanario Agos, del cual era editor; murió inmediatamente. Su asesino, un joven de 17 años, fue detenido al día siguiente, una situación poco común en un país donde los asesinatos políticos son habitualmente archivados sin que se conozca a los asesinos.
Genocidio armenio
Desde hace mucho tiempo, Hrant desafiaba la actitud abrumadoramente dominante de negación del genocidio de 1915 por parte de Turquía, en el que fueron masacrados un millón y medio de personas, en su mayoría mujeres y niños. El Estado turco niega oficialmente estas atrocidades.
En los últimos años, la “historia oficial” ha sido crecientemente cuestionada por intelectuales de izquierda y por los movimientos socialista y kurdo. Sin embargo, en el lenguaje nacionalista, la palabra “armenio” continúa siendo un insulto, incluso peor que la palabra “kurdo”.
En los últimos años, hubo también un inmenso ascenso del nacionalismo turco, impulsado por el alto mando militar. Hrant era un blanco permanente de los ataques de los nacionalistas. La propia justicia atizó esos ataques al condenarlo por “denigración de la nacionalidad turca”.
Aunque denunciaba el genocidio, Hrant no era un nacionalista armenio. Luchaba por la confraternización de turcos y armenios, contra los nacionalistas de ambos lados. Hrant era un líder laico, incluso desafiaba la autoridad del patriarca armenio de la Iglesia gregoriana.
¿Conspiración oficial?
El asesinato de Hrant es el último de cientos, quizá miles, de asesinatos políticos ocurridos desde fines de la década del ’60 a manos de los servicios de inteligencia.
Nadie cree que la muerte de Hrant sea la obra de un “asesino solitario” o de un lunático. Su muerte es la obra de agentes del Estado (militares, policías, agentes de inteligencia) que operan a través de elementos fascistas fanáticos, de la mafia e incluso de “arrepentidos” del PKK (el partido nacionalista kurdo). Aunque el autor material fue rápidamente detenido, la cuestión es llegar a los que dieron la orden. En esto, el actual gobierno no ha tenido más éxito que sus antecesores.
La respuesta de las masas
La concurrencia de alrededor de 300.000 personas al funeral de Hrant fue impresionante. Más impresionante todavía fueron las consignas que se cantaron, responsabilizando al alto mando por el asesinato. Los organizadores del funeral, del partido centroizquierdista Libertad y Solidaridad, habían convocado a una “marcha de silencio”, e intentaron en varias oportunidades, en vano, hacer callar a la multitud.
No hay que exagerar la importancia de esta marcha gigantesca para el futuro de la lucha en curso. Pero lo que se puede afirmar con certeza es que a los fascistas el tiro les salió por la culata. La discusión del genocidio armenio se ha convertido en legítima, por primera vez en la historia. Lo que Hrant no pudo conseguir durante su vida puede convertirse en realidad gracias a su martirio.
El último armenio
Sungur Savran
Sungur Savran es dirigente de Lucha Obrera de Turquía, integrante de la CRCI.









