28 de abril de 2011 | #1174 | Por Partido Obrero

Un jüdenrat entre los K

Desde el mismo momento en que una patota oficialista de la burocracia de la Unión Ferroviaria asesinó a nuestro compañero Mariano Ferreyra, tiró a matar contra un piquete de trabajadores tercerizados, dejó semi -invalida a nuestra compañera Elsa Rodríguez e hirió a otros dos compañeros, el gobierno y el kircherismo apuntaron contra el Partido Obrero. La Presidenta tomó la delantera cuando aludió enseguida a una puerta del Ministerio de Educación de la Nación que habría sido rota por militantes de la FUBA (lo cual era falso tanto en el plano fáctico como en la responsabilidad política) o se fastidió contra los que manifiestan “con palos”; no tuvo una palabra contra la burocracia sindical, con la que se había codeado cinco días antes del crimen, aun con el conocimiento que ella tiene de que toda esa burocracia se mueve con patotas del tipo de la que asesinó a nuestro compañero Mariano Ferreyra. Haciendo gala de su hocico entrenado, el ministro Aníbal Fernández se empeñó en superar a su jefa en la competencia de diatribas que el oficialismo desató contra el Partido Obrero, no contra la patota – quizás habituado a las juergas con esa calaña cuando revistió como intendente menemista de Quilmes. A la señora Presidenta y a su penoso ministro se sumaron luego los alcahuetes que se repiten en las páginas centrales de Tiempo Argentino. La culpa no la tenían los asesinos sino la víctima; la tenían los compañeros de la víctima, el partido de la víctima y los dirigentes del partido en que militaba la víctima. Sesenta mil personas desmintieron, desde el primer día, en Plaza de Mayo, al oficialismo y a su ristra de alcahuetes. Otras cincuenta mil lo volvieron a hacer, poco después, en un festival en el que decenas de artistas condenaron a la patota oficialista criminal de la Unión Ferroviaria – entre ellos el portorriqueño Calle 13 y un video de Carlitos Tévez enviado desde Inglaterra.

Un largo mes más tarde, la Presidenta renovó sus planteos ante la familia de nuestro compañero, en una reunión sigilosa que se armó en la Casa Rosada – según pudo reconstruir Diego Rojas en su reciente libro “¿Quién mató a Mariano Ferreyra?”. En el diálogo entablado en la ocasión, la Presidenta en ningún momento aborda la cuestión de la burocracia sindical, ni hace la menor alusión a que la gente de Pedraza (y en aquel momento Pedraza mismo) seguía instalada en el ex Roca, en la Secretaría de Transporte y en el ministerio de Trabajo. La Presidenta sí repite, sin embargo, una provocación desplegada mucho antes por la ex fiscal del caso, Caamaño, al afirmar que el Partido Obrero no ofrecía testigos a la causa, lo que se reveló como sobradamente falso. Pablo Ferreyra, el hermano mayor de Mariano, kirchnerista, le tuvo que pedir a la Presidenta que “deje de lado al Partido Obrero” para atender al castigo de los culpables. Las mentiras de la ex fiscal y los apremios de sus citaciones de los testigos nos obligaron, en aquel momento, a advertir de la situación a la jueza Wilma López en una conversación telefónica directa. La política de apaciguamiento de la burocracia, sin embargo, por parte del gobierno, no lo ha ayudado mucho: Hugo Moyano estuvo a un paso de hacerle una movida ‘destituyente’ frente a los balcones de la Rosada para exigirle protección en un juicio que investiga los vínculos que tendría con la recolectora de basura Covelia.

El domingo 24/4 nos enteramos por una nota en La Nación, que el intelectual que los K supieron borocotizar, José Pablo Feinmann, repite en un ‘libro’ lo que ya había dicho con anterioridad: que “Altamira tiene que cargar con el cadáver de Ferreyra”, al cual “mandó a cortar vías contra gente armada”.

Hay muchos militantes o intelectuales que se indignan ante esta insistencia en la calumnia que raya lo canallesco, pero no logran caracterizarla o explicarla. Sin embargo, es simple: el crimen de la burocracia de Pedraza pesa como un inmenso adoquín sobre las pretensiones progresistas de los K, y sobre su necesidad de preservar la complicidad de la burocracia y la regimentación que ésta ejerce en el movimiento obrero. Mariano Ferreyra se yergue acusador contra el maridaje repodrido con la tercerización, con la gestión corrupta del ferrocarril, contra la tercerización de la represión a cargo de patotas reclutadas por la burocracia sindical. Mariano Ferreyra es la denuncia de una gigantesca impostura; para el gobierno es una pesadilla, a Feinmann lo devuelve a sus tormentos de cobarde político y de escriba complaciente. El Partido Obrero es calumniado como un monstruo porque ha ido a la caza de los asesinos materiales, sociales y políticos de Mariano Ferreyra con todos los instrumentos de un programa revolucionario. No basta con escupir a los Feinmann, hay que entender la infección que generan estas supuraciones enfermizas.

Lo de Feinmann no es simplemente una copia de la orientación de quienes lo bancan. Lo de Feinmann es una canallada. Ocurre que Feinmann sabe muy bien que el piquete de compañeros tercerizados desistió de cortar las vías, en Avellaneda, cuando advirtió la presencia de la patota, e incluso exigió a la policía, que acompañaba la situación, que dispersara a la barra brava de la burocracia. Lo mismo volvió a decidir, ya en Capital, cuando comprobó que la patota los venía siguiendo desde la provincia. Pasado el mediodía, el piquete de luchadores tomó una decisión más: dar por canceladas las posibilidades de realizar una jornada de lucha en ese 20 de octubre y dispersarse, en razón precisamente de la hostilidad de la patota de José Pedraza. El acto criminal de la patota no fue contra trabajadores que intentaban cortar vías sino que habían desistido de hacerlo; no fue contra trabajadores agrupados para defenderse sino con personas que se separaban; el crimen fue un acto que contó con la complicidad de la policía desde la propia jefatura; no fue una acción culposa sino homicida. El piquete de tercerizados y luchadores mostró un elevado grado de responsabilidad; el cordón que Mariano y otros compañeros formaron frente a la patota que venía a agredirlos, tenía el propósito de proteger a las mujeres y a los mayores. El crimen de la patota no fue provocado, fue premeditado. La caracterización de los hechos que ofrece Feinmann (Mariano fue ‘mandado’ a la muerte) es la del ideólogo del crimen, la del intelectual de la patota asesina.

Feinmann cree que ha descubierto una nueva categoría ‘filosófica’ (a quién es funcional la izquierda), pero es una fantasía que aqueja a los mediocres. Lo de Feinmann y lo de sus compinches no es más que un emprendimiento macartista. Escribas como Feinmann adolecen de memoria - ¿no fue acaso la propia dictadura militar la que en forma reiterada responsabilizó a Madres y a Familiares de Desaparecidos de haber ‘mandado’ a la muerte a treinta mil luchadores argentinos por la educación o formación que había dado a sus hijos? Los secuestros de bebés en cautiverio, ¿no fue justificada para evitar que tuvieran una educación ‘subversiva’ y un destino similar al de sus padres? El ataque de Feinmann al Partido Obrero y a Altamira es propio o característico de un deshecho intelectual. Feinmann escribe todo eso a sabiendas de que las patotas oficialistas de la burocracia asolan el territorio nacional – en Neuquén, en Santa Cruz, en el Hospital Francés, contra los huelguistas del Casino de Puerto Madero, donde no hubo muertos por pura casualidad. ¿O cuando el kirchnerista Varizat atropelló a los docentes en una 4x4 en Río Gallegos tenía previsto herir sin matar? ¿Quién ‘mandó’ a Carlos Fuentealba a la muerte? ¿No había advertido Sobisch que no permitiría ninguna perturbación en ese fin de semana largo que él pensaba aprovechar en términos de negocio del turismo? ¿Quién ‘mandó’ a los Qom a ser asesinados por la policía de un kirchnerista precursor, el gobernador Insfrán? Feinmann procede como el degenerado que justifica la violación por la minifalda de su víctima. Pero Feinmann no es inocente: él sabe muy bien que los políticos del kirchnerismo reclutan punteros entre los barrabravas, como bien lo documenta Diego Rojas en su libro, donde incluye, entre ellos, al violento Carlos Kunkel. Es por eso que el asesino Favale aparece retratado junto al ministro Boudou en un una festichola, y también con la 6,7,8 Sandra Russo.

En este mismo momento miles de petroleros de Santa Cruz se han rebelado contra la burocracia sindical – con la que la Presidenta había firmado un pacto social, el año pasado, con la advertencia maternal de que si los petroleros cortaban rutas “los mato”. Son los Mariano Ferreyra y los ferroviarios del sur sublevados contra sus propios Pedrazas. El gobierno les quiere meter un interventor de la burocracia, para mantenerlos en condición de sometimiento. Mientras Feinmann tomaba partido por la burocracia contra Mariano Ferreyra, el PO y Altamira, su ministro Carlos Tomada era pillado en una grabación telefónica conspirando con Pedraza para destruir al movimiento de tercerizados. Feinmann se reconoce a sí mismo como un miserable, porque el filósofo no eructa la menor reflexión acerca del hecho de que fue necesaria la muerte de nuestro compañero Mariano Ferreyra para que el gobierno incorpore a planta permanente a 3.100 trabajadores tercerizados. ¿Serán necesarias otras muertes para que ocurra lo mismo en las petroleras, en las telefónicas, en Edenor, en las mineras, en Siderar y en las plantas industriales de todo el país? Después de todo, lo que exigen los compañeros petroleros del sur es un convenio colectivo de trabajo nuevo, mientras que al gobierno K y a Repsol le interesa vaciar YPF para distribuir dividendos al amigo Eskenazi (para pagar sus préstamos con los españoles) y a los accionistas españoles quebrados por la crisis hipotecaria de España.

El ‘mensaje’ de Feinmann (no encuentro la palabra que describa la decrepitud intelectual del personaje) es: no luchen – total la Argentina peronista es una fiesta. Después de todo, enfrente del luchador siempre hay alguien armado – en eso consiste el Estado. El viernes pasado, los esbirros de Assad mataron a cien sirios que participaban en las manifestaciones contra la dictadura. Algo habrán hecho. ¿Quién los habrá mandado? A principios de 2009 el gobierno de Israel masacró a cerca de dos mil civiles en Gaza; algunos intelectuales kirchneristas de la SEA se opusieron a condenar a Israel porque entendían que el conflicto era “complejo” y los palestinos no eran precisamente inocentes. En medio de una rebelión gigantesca de los pueblos árabes y de la represión brutal de sus gobiernos, los Feinmann de esa parte del mundo otean desde sus covachas para ver de qué lado ponerse en el momento final.

Los pueblos ven a los Mariano Ferreyra de un modo diferente. Me viene a la memoria, probablemente por su música, la letra de la Marcha Fúnebre de la Revolución (rusa) de 1905: “Adiós camaradas, adiós corazones nobles/Caísteis en la lucha fatal/ víctimas de vuestro amor sagrado por el pueblo./Todo lo disteis por él, por su vida, sus honor, su libertad… / Adiós, camaradas, seguisteis un noble sendero…/Se acerca el momento en que el pueblo despertará, grande, potente y libre…/Adiós, camarada…”

Este 20 de abril se cumplió el sexto mes del asesinato de Mariano, pero también (entre el 19 y el 20) el 68 aniversario del levantamiento del gueto de Varsovia. Un levantamiento contra toda esperanza, un levantamiento que no buscaba la victoria sino la muerte digna; de un lado un puñado de judíos valientes, del otro los nazis. Entre los sublevados no había, por supuesto, ningún Feinmann, que condena precisamente a los que luchan. Pero sí los había en el gueto: eran las autoridades judías que colaboraban con los nazis y hacían las veces de informantes o carceleros de su propio pueblo. Los Jüdenrat (consejeros judíos) se opusieron al levantamiento judío con argumentos más plausibles que los de Feinmann, porque del otro lado había nazis, y el destino del campo de concentración era una expectativa remota de vida. Los K han encontrado su Jüdenrat.

La reflexión de Hegel acerca de la relación entre el amo y el esclavo está fuertemente inspirada por la rebelión de los esclavos y semi-libres negros en Haití, contra los plantadores blancos y el opresor francés. Hegel concluye que solamente es libre el ser humano dispuesto a entregar su vida para conquistar la libertad. De la escuela de Hegel se desarrolla el planteo de la libertad de Marx, como la conciencia de la necesidad – la conciencia de la universalización de lo humano. A su hija, Marx le definió la felicidad como la lucha. Mariano Ferreyra pudo vivir como el ser libre de Hegel y de Marx. Mariano Ferreyra, hasta la victoria siempre!

P.D. : Moria Casán tiene el doble de la estatura intelectual del Jüdenrat, José Pablo Feinmann. Fue la única que, en la campaña electoral de 1992, rompió la censura absoluta de los medios de comunicación a mi candidatura y me invitó a su programa de televisión – el único, repito, que me acogió en aquella campaña. La facultad de Periodismo de La Plata debería darle a la menemista Moria el premio a la libertad de expresión. El bloque duró 17 minutos, en el cual hablamos de los planteos del Partido Obrero, la disolución de la Unión Soviética y hasta el secuestro de dinero del Banco Central por parte del gobernador de la UCR de Río Negro, Massaccesi. Con esta temática llegué al público enorme de Moria y me pude escurrir de la censura de los medios. El debate fue más interesante que los que protagoniza 6,7,8 – que huye de los políticos marxistas o de izquierda. Las pretensiones frívolas del programa tuvieron expresión en tres observaciones finísimas de la conductora, que respondí con la ironía de un marxista y la calle de quien vivió en un conventillo sus primeros 19 años de vida, ¡donde éramos la única familia peronista! (había una radical, dos anarquistas, una del PC y una vieja que litigaba con la mía sobre la responsabilidad de los judíos en la crucifixión de Cristo). Eduardo Valdés, un K como Feinmann, me confidenció en una ocasión que empezó a tomar en serio al PO cuando me vio en el programa de Moria, porque para él era una señal de voluntad de llegar a todos lados, sin esquematismos. Lástima que Eduardo no me haya invitado nunca a sus propios programas, desde que se hizo K, de modo que él también quedó por debajo de la diva. Me voy a permitir una única expresión grosera: cuando el Jüdenrat Feinmann me objeta la entrevista con Moria, sólo demuestra que es un tilingo (en el lenguaje de Jauretche) – un pelotudo, en mi propio lenguaje.

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