13 de octubre de 2011 | #1198 | Por Partido Obrero

"El Estudiante"

El régimen de camarillas universitario, en pantalla grande

El estudiante, un film de reciente estreno, ha tenido una importante repercusión. El motivo de su impacto es indiscutiblemente político. Sucede que la película retrata, por primera vez en ocho años de kirchnerismo, el régimen podrido que domina el gobierno de las universidades. Roque, personaje central, ilustra con su experiencia cómo el poder en la UBA está ostentado por camarillas profesorales que se diferencian socialmente del conjunto de la comunidad universitaria y que extienden su poder en otros claustros, incluso el estudiantil a través de la cooptación. De hecho, el protagonista ingresa en la política a través de una agrupación ficticia (Brecha), que resulta ser la pata estudiantil de un profesor (Acevedo), involucrado en la trenza infernal que se desata para elegir al rector.

Acevedo es el prototipo de burócrata universitario. Funcionario de distintos gobiernos -entre ellos el de Alfonsín-, tiene un pasar económico extraordinario; mientras los jóvenes pululan entre pensiones y departamentitos, él vive en una gran casa suburbana, por donde llegaron a desfilar presidentes de la Nación. Paula, una joven docente y dirigente de Brecha que cautiva a Roque, lleva la marca de la desmoralización política, de la que se nutre la cooptación. Luego de diversas experiencias frustradas en la izquierda (PC, MST), Paula recae como “protegida” de Acevedo. En la situación de ella y sus compañeros de agrupación se aprecia uno de los mecanismos por excelencia de “integración” que ejercita el régimen universitario: la cátedra. Así, los de Brecha son “los pibes” de la cátedra de Acevedo y es, a partir de ella, que organizan la agrupación y la pelea con camarillas rivales: “Hace diez años que estamos en esta cátedra de mierda, mientras los otros tienen el rectorado”.

La elección del rector, eje de la trama de la película, es mostrada con claridad como una rosca de intereses alejada de cualquier debate democrático entre la masa que estudia y trabaja en la universidad. Los grupos estudiantiles que se “entretienen” en el apoyo a tal o cual candidato son convenientemente utilizados, pues mientras debaten “propuestas” y “programa”, los profesores rosquean por atrás. Al mismo tiempo, contra la versión interesada de la supuesta “autonomía” de las camarillas, el film ilustra la sistemática intervención “del ministerio”, que busca ser parte del acuerdo “por cátedras, nombramientos, secretarías”. Es cierto que, a diferencia de lo que ocurre realmente en la UBA, la película deja “al ministerio” afuera del acuerdo final.

Parte del desenlace de la trama es elocuente en términos políticos: un gran pacto entre las camarillas “rivales”, que deja colgados del pincel incluso a varios de los que rosqueaban, por ejemplo a Brecha. La referencia al acuerdo Hallú-Sorín, con el que se pretendió cerrar la crisis mayúscula de la UBA en 2006, es ineludible. Es que, de hecho, la película no puede entenderse sin rememorar la extraordinaria lucha por la democratización que protagonizó la Fuba hace cinco años. Ese proceso esclareció ante el conjunto de la opinión pública el régimen podrido de gobierno de la UBA y sus vinculaciones con grandes negocios y negociados. En definitiva, la correspondencia entre un mecanismo antidemocrático de elección de autoridades y el copamiento capitalista de la educación. Por esos motivos, era casi impensable un film de estas características antes de que esa lucha tuviera lugar.

El estudiante lleva a la pantalla grande problemas fundamentales que salieron a la luz como parte de todo un proceso político, que incluye la recuperación de la Fuba por parte de la izquierda y sus batallas posteriores. La elección del nuevo rector, en la ficción, se ve obstaculizada por la ocupación del rectorado que impulsa la Fuba, para reclamar la democratización y denunciar negociados con laboratorios (“de la reforma de los estatutos no bajan”, se lamenta Acevedo, en referencia a la postura de la Fuba). Ilustra, así, la descomposición total del régimen de camarillas de la UBA en particular y de la universidad en general. Al mismo tiempo, la experiencia del protagonista sirve como ejemplo de cómo se forma un pichón de puntero, que podría ser tanto de La Cámpora como de Franja Morada. El kirchnerismo, finalmente, garantizó la elección de Hallú, cediendo el Congreso Nacional para las ‘deliberaciones’ -represión policial mediante.

En este punto, se manifiestan ciertos límites de la obra: la izquierda revolucionaria que actúa en la UBA está caricaturizada, pues oscila entre el choque constante con todo el mundo y la marginalidad. ¿Cómo encajar este cliché con la realidad de que una de sus expresiones -el Partido Obrero- es la principal tendencia juvenil de la UBA, a la cabeza de más centros y de la propia Fuba? ¿Cómo admitir que la izquierda sea presentada por un personaje que no logra explicar el tema de la exterminación de los aborígenes, cuando es precisamente la izquierda la que ha reunido a 500 de los mejores intelectuales de la universidad para impulsar la lucha por un bloque de izquierda en el Congreso de la Nación? De alguna manera, el análisis unilateral de la izquierda se corresponde con una conclusión ambigua de la película: denuncia la “política sucia” de un sistema, pero la describe como la única que existe en la universidad -lo cual es redondamente falso, incluso porque la política revolucionaria es mayoría relativa entre los estudiantes.

La vida universitaria no se limita a las roscas; es, por sobre todo, movilizaciones. Las asambleas no son siempre minoritarias, como se las describe, y cuando reúnen a una minoría es para votar planes de agitación y esclarecimiento que lleguen a las mayorías. En cualquier caso, El estudiante deja en claro que el punterismo es un factor de desmoralización de la juventud y de desintegración de la universidad y la educación. La fuerza que ostenta la izquierda en el movimiento estudiantil, junto con el reciente aval masivo en las elecciones, cimentan un método de construcción antagónico.

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