24 de enero de 2013 | #1255 | Por Partido Obrero

El Partido Obrero y el gobierno obrero

En una presentación reciente1, Jorge Altamira definió a la dictadura del proletariado como "la organización del proletariado como clase dominante bajo la dirección de un partido revolucionario". En una nota reciente, el PTS ha vuelto a rechazar este planteo, con una definición de la dictadura del proletariado que hace abstracción del partido. Por una parte, esto convierte a la dictadura del proletariado en una variante extrema del democratismo (que se confina a la auto-organización o auto-determinación de la clase obrera) y, por otro lado, reduce al partido revolucionario a ser un instrumento secundario en la revolución socialista y en la transición histórica hacia una sociedad sin clases. El planteo del PTS se inscribe en el viraje que fue produciendo la corriente morenista, en sus diversas escisiones, a favor del "socialismo con libertad". La función histórica de la dictadura del proletariado es, por lo contrario, la destrucción del poder de la burguesía, no la instalación del reino de la libertad, que solamente se conseguirá con la instalación universal de una sociedad sin clases -donde el desarrollo de cada uno sea la medida del desarrollo de todos.
El partido de la clase obrera ha sido siempre, para el marxismo, la expresión más elevada del desarrollo de la clase obrera. Esto ya lo señala Marx en la Circular de 1850, cuando hace el balance de la derrota de las revoluciones de 1848. Lenin lo define como la expresión conciente del proceso inconciente del proletariado, el cual se manifiesta en todas las luchas elementales bajo todas sus formas. Los sindicatos, los soviets, los comités de fábrica, los consejos obreros -que el proletariado ha ido construyendo en el curso de la historia- han tenido, continúan teniendo y tendrán aún más en el futuro un papel fundamental en la estructuración del proletariado como clase y en el desarrollo de su capacidad de gobierno, pero no reemplazan la función histórica del partido, ni rivalizan con ella. Nos referimos, claro, al partido obrero como categoría histórica concreta, que reagrupa a los contingentes activos del proletariado -no a cualquier secta que se presenta como tal. En experiencias históricas concretas, ha sido el partido el que ha formado los sindicatos y otras numerosas instituciones proletarias, y se convirtió con ellas en un doble poder dentro del Estado. Lo mismo vale para la formación y el desarrollo de los consejos obreros. El partido de la clase obrera es el auto reconocimiento del proletariado como "clase para sí"- es decir, como sujeto histórico. La dictadura del proletariado puede asumir diferentes formas, pero es -antes que nada- el medio político para realizar el programa del partido socialista de la clase obrera: la transición hacia una sociedad sin clases. El revisionismo democratizante, en el campo de la IV Internacional, no se limitó a reproducir el que desarrolló, primero, la socialdemocracia y, luego, en forma instrumental, el stalinismo. Para éstos, el cambio social debía proceder dentro del Estado burgués, como una culminación de su propio desarrollo. Para Karl Kautsky, incluso cuando combatía el revisionismo tradicional (Bernstein), la dictadura del proletariado debía tener lugar en el marco de la República democrática. Entre los trotskistas, el revisionismo tomó una forma distinta, que caracteriza al gobierno obrero como una forma de autodeterminación de las masas, privándolo de su filo revolucionario: la expropiación de la burguesía. Fue la línea de la corriente menchevique en la revolución rusa de 1905, quienes entendían a los soviets en clave autogestionaria. La expropiación de la burguesía, sin embargo, no nace ‘espontáneamente' de la tendencia del proletariado hacia la reorganización de la sociedad sobre nuevas bases, sino por la mediación del partido revolucionario de la clase obrera. Para el Programa de Transición de la IV Internacional, los gobiernos obreros -formados por las organizaciones obreras tradicionales- no constituyen una dictadura proletaria, sino que son un episodio hacia ella, bajo la dirección del partido revolucionario.

Fetichismo

Es propio de cretinos negar el papel de los soviets o consejos obreros en los procesos revolucionarios, como lo es también hacerlo con los sindicatos. Son el fruto de una experiencia histórica que permite unir las reivindicaciones y formas de lucha contra el régimen burgués en una organización que abre sus puertas a todos los explotados. Al lado del cretinismo antisoviético se desarrolla también, sin embargo, el soviético. Esto ocurre cuando se abstrae a los soviets del partido. Con este procedimiento, se los convierte en fetiche. Lenin no pidió permiso a los soviets para tomar el poder en 1917; la insurrección la organizó el partido, el cual puso el poder en manos de los soviets. Polemizando con la Internacional staliniana, con relación a la revolución china de 1927, León Trotsky señala: "si se ha llegado a la conquista del poder y las masas están dispuestas para la inserrucción sin la existencia de soviets”, es que ha habido entonces otras formas y métodos de organización,  que han permitido efectuar el trabajo de preparación que ha de asegurar el éxito de la insurrección, entonces la cuestión de los soviets no tiene más que una importancia secundaria reducida a un problema de técnica de organización o, menos aún, a una cuestión de denominación"2. Trotsky denunció que la proclamación de los soviets en China, en 1927 -un dibujo en un papel, porque nunca existieron- fue una cortina de humo para ocultar un golpe aventurero. Cuatro años antes, había denunciado la política de la Internacional exigiendo la construcción de soviets en Alemania (1923), cuando los comités de fábrica -por su propio desarrollo- habían ocupado el papel de los soviets. En el periodo ultraizquierdista del stalinismo (1929/34), los partidos comunistas lanzaron la consigna de los soviets, con abstracción de las condiciones políticas concretas. En julio de 1917, Lenin consideró que los soviets se habían convertido, bajo la dirección de los reformistas, en contrarrevolucionarios y examinó seriamente la posibilidad de oponer a ellos los comités de fábrica, donde los bolcheviques tenían mayoría. Es lo que sintetiza el propio Programa de Transición: "los soviets no están ligados a ningún programa a priori". Finalmente, y no en último término, los bolcheviques tomaron el poder y luego pusieron este hecho a votación en los soviets. Un hecho absolutamente clave, porque destacó las dos características acendradamente revolucionarias del bolcheviquismo: en primer lugar,  no renunciar nunca a impulsar organizaciones de masas para desenvolver la política revolucionaria y extender su propia influencia y en segundo lugar, no condicionar a factor alguno el momento exacto en que las masas están dispuestas a tomar el poder.

Soviets y partido

El papel revolucionario de la organización soviética no está dado por su transparencia representativa, sino por su papel transformador. La Comuna de París ilustra sobre el destino trágico de una dictadura del proletariado y una organización soviética sin partido revolucionario. Una revolución no surge de toda situación revolucionaria, sino de aquella en la que a los cambios objetivos, se suma la capacidad de la clase revolucionaria para llevar a cabo acciones capaces de destruir o quebrantar el viejo régimen, lo que plantea la necesidad del partido. El proletariado de París pagó caro la carencia de una estrategia y de un programa -en definitiva de un partido. La subordinación del partido a los llamados organismos de clase  (sean soviets, consejos o lo que fuera) caracteriza al democratismo y al movimientismo. Quien debería tomar el poder sería la clase democráticamente determinada en sus organismos, con abstracción del partido. Autodeterminación y libertad. Pero toda autodeterminación se procesa en el marco de las presiones de la lucha de clases. Sin la dirección del partido revolucionario, la autodeterminación queda como rehén de la contrarrevolución. Sólo una dirección y un programa revolucionarios pueden potenciar a los soviets, cuya tarea no es sólo llamar a las masas a la insurrección, sino orientarlas pacientemente a la sublevación durante toda una etapa preparatoria y a través de las etapas necesarias. La definición de la dictadura del proletariado que hace abstracción del rol histórico del partido del proletariado es una variante del revisionismo.
  1. 1. Presentación del libro, Mi vida de León Trotsky, Ediciones IPS, 2012.
  2. León Trotsky, Stalin, el gran organizador de derrotas, Editorial Olimpo, Buenos Aires, 1965.

Christian Rath

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