29 de diciembre de 2016 | #1443 | Por Christian Rath

Ciencia y régimen social

A raíz del conflicto en el Conicet
La actividad científica, como aspecto del desarrollo de las fuerzas productivas de un país, está condicionada por la naturaleza de las relaciones sociales en cuyo contexto tiene lugar. Dicho de otro modo, la ciencia es producto del trabajo de hombres y mujeres en una sociedad determinada y con instituciones determinadas.  
 
Sin embargo, en esta sociedad -Argentina incluida, existe una notoria contradicción.
 
De un lado, el desarrollo de la ciencia y la tecnología en la actualidad muestra que existen los fundamentos materiales para un “desarrollo económico y social”  que permita no solo la alimentación adecuada y abundante para los millones de personas que habitan este planeta, sino la emancipación del trabajo compulsivo, embrutecedor y alienante. Este trabajo es susceptible de ser reemplazado por la máquina, por un proceso automático, por el traslado instantáneo de la información; en definitiva, por una productividad del esfuerzo humano que no tiene antecedentes. 
 
A ningún científico se le puede escapar que se han creado condiciones únicas para superar en la historia del ser humano la más antigua de las divisiones del trabajo, la que se da entre el trabajo intelectual y manual.
 
Sin embargo, este nivel de productividad -que es una conquista inédita del género humano- coexiste con la hambruna, la desigualdad social, las catástrofes económicas y aún la barbarie del belicismo a un nivel que no tiene equiparación con el pasado.
 
Es decir, la ciencia y la técnica se convierten, en este estadio superior del capitalismo, de características seniles, no en un instrumento de desarrollo de las fuerzas productivas, sino en una herramienta de destrucción. El punto no está en elevar al hombre por medio de esa tríada que es la educación, la ciencia y la tecnología, algo que se repite machaconamente, sino en liberar a esta triada de un “desarrollo económico y social” que los encadena a la perspectiva de un retroceso civilizatorio en el próximo período.
 
Es decir, educación, ciencia y capitalismo se han transformado en términos incompatibles.
 
¿Aquí en Argentina, es distinto?
 
La Argentina produce alimentos para más de 300 millones de personas, mientras un tercio de su población no come como corresponde y subsiste por debajo de lo que se llama la línea de pobreza.
 
Este solo dato revela que no existe ningún problema de orden “científico o tecnológico” a resolver, sino un monstruoso dilema de orden político y social. 
 
Cualquier científico que eluda considerar este dilema actuará de modo irracional. Se trata de una realidad inseparable de la política de pauperización y demolición del sector de Ciencia y Técnica en el país, lo que incluye al Conicet, la CNEA, el Inti e Inta, para citar sólo los casos más emblemáticos. La política de privatización en este terreno ha tenido una continuidad bajo gobiernos “nacionales y populares” como “neoliberales” y sirvió para convertir a los distintos centros e instituciones en apéndices de empresas y capitales externos. Vale para servicios de consultoría o proyectos asociados del más diverso tipo, barriendo o apropiándose incluso de la actividad realizada por investigadores argentinos.
 
Según fuentes oficiosas, una parte sustancial del tiempo que dedicó el presidente Obama a su conversación con Macri en la reciente visita al país fue destinado a dos temas: el pago de regalías por el uso de semillas transgénicas (“caso” Monsanto) y un reclamo similar sobre reconocimiento de patentes medicinales. La exigencia sistemática para que la Argentina se someta a las leyes de patentes de los Estados Unidos inviabiliza ramas enteras de la investigación sobre nuevos procesos tecnológicos y actividades de innovación en función de necesidades nacionales y sociales. Va de suyo que esto revela la completa postración de la clase dominante nativa ante el capital extranjero y su incapacidad para promover un desarrollo autónomo de las fuerzas productivas nacionales, requisito sine qua non para promover un sector de Ciencia y Técnica. En términos simples no hay “desarrollo económico y social” -ni cultural ni científico en el país- sin ajustar cuentas con los que han conducido a un país a la bancarrota actual (medida por el índice de pobreza, por el trabajo en negro, por la desigualdad social). Esto supone desconocer la deuda usuraria, expropiar al gran capital monopólico y financiero y promover un plan de desarrollo bajo el control de los trabajadores.
 
Una agenda inmediata
 
La función de un conglomerado de Ciencia y Técnica debe ser atender una utilidad social, lo que es solo posible en condiciones de un proceso público, bajo el control de las organizaciones de los productores y trabajadores de Ciencia y Técnica. El asesoramiento a las “empresas” supone, en principio una política de privatización de la actividad del sector mediante los cuales los recursos presupuestarios estatales se convierten en subsidio de la actividad monopólica capitalista.
 
La lucha del Conicet ha dejado planteado un programa:
 
• La lucha por la ampliación del presupuesto y su control por las organizaciones de trabajadores e investigadores del sector de Ciencia y Técnica, lo que incluye la satisfacción de sus reivindicaciones históricamente postergadas.
• La democratización de los organismos del sector bajo el criterio de elecciones directas de cargos ejecutivos y representación plena de los investigadores y trabajadores del sector.
• La defensa de la carrera de investigador científico, del personal de apoyo y del sistema de becas. 
• Un plan único de la educación superior y del sector de Ciencia y Técnica en función de la emancipación social y nacional de los trabajadores.
Tags: ciencia-y-técnica, conicet, cientificos

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