20 de abril de 2017 | #1454 | Por Pablo Heller

#24CongresoDelPO: La crisis mundial revalida el programa y el método de la IV Internacional

El desarrollo de la bancarrota capitalista mundial y sus consecuencias en los planos político, social y económico atravesó el debate del XXIV Congreso del PO. La evolución de la crisis, cuyas premisas se han agravado, condiciona al gobierno de Macri y, de un modo general, a la nueva transición que se registra en América latina, caracterizada por el agotamiento del nacionalismo burgués y la emergencia de gobiernos de cuño derechista.
 
El triunfo de Donald Trump implica un salto en la crisis mundial. Estados Unidos se ha convertido en epicentro político de esa crisis luego de haber sido su epicentro y motor económico y financiero.
 
Asistimos a una ruptura del régimen político en Estados Unidos y del sistema de alianzas internacionales -que se entrelazan uno con otro. El último cuarto de siglo se ha caracterizado por ser un período de desequilibrio que se neutraliza en forma episódica; o sea, como un desequilibro poblado de crisis, levantamientos, huelgas de masas, revoluciones (grandes revoluciones), guerras, disoluciones de Estados y de federaciones de Estados, victorias y derrotas (derrotas grandes). Ahora pasamos de la disolución de la Unión Soviética a la disolución (en desarrollo) de la UE.
 
El pasaje brusco de un cuadro político a otro, en el marco de crisis financieras y económicas, hace inevitable el estallido de fuertes crisis políticas y la creación de situaciones revolucionarias. Como se sabe, el desenlace de estas situaciones depende de la preparación de las fuerzas en disputa.
 
El tránsito de Estados Unidos al bonapartismo no será un paseo: podría atravesar por referendos, enmiendas constitucionales o incluso asambleas constituyentes y hasta un impeachment. Un anticipo de ello es la sucesión de reveses que Trump ha soportado en el debut de su mandato. La movilización política popular se acentuará, en especial si el presidente persiste en promover una ofensiva chovinista contra los inmigrantes, sean hispanos o musulmanes, y esto se entrecruza con los reclamos y los conflictos en las grandes fábricas y eventualmente en los sindicatos, con más razón si se desinflan las promesas de Trump referidas a la “defensa del empleo americano” (las estadísticas ultimas en esa materia son decepcionantes). La UE, por su lado, deberá enfrentar la crisis de la salida de Gran Bretaña (y dicho país, a su turno, las consecuencias de esta crisis en el orden nacional), además de las crisis bancarias en todos sus Estados y eventuales triunfos electorales del “populismo”. Las elecciones de Francia han encendido las alarmas de Europa y del mundo, pues la segunda vuelta podría dirimirse entre Marie Le Pen y Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa, a quien alguna prensa considera “de extrema izquierda”), lo cual podría abrir las puertas a un Frexit (salida francesa de la UE). La polarización entre dos figuras que se ubican en los márgenes del tablero político habla por sí solo del desmoronamiento de los partidos tradicionales y del sistema político. En Medio Oriente, desangrado por la barbarie imperialista, el estallido del régimen de Erdogan en Turquía podría abrir nuevas posibilidades al frustrado proceso revolucionario que comenzó en Egipto. 
 
 
Movimiento obrero e izquierda
 
El desarrollo de estas crisis y la capacidad de articular una respuesta por parte de los explotados diseñará los grandes ejes de la reorganización política de la clase obrera en el mundo entero. Es probable que las primeras grandes señales provengan de China, donde se produce desde hace tiempo una vigorosa recuperación del proletariado, y del mismo modo en gran parte de Asia. La clase obrera libra también luchas significativas en América latina y Europa, que indican su esfuerzo por abrir un nuevo rumbo político. Esta irrupción de luchas, a su turno, desarrolla y acentúa la crisis. Ahí está la explosión social reciente en México, precedida por la lucha de los maestros y contra la masacre de Ayotzinapa, las manifestaciones multitudinarias contra la jubilación privada en Chile, la reacción popular y las huelgas contra el ajuste en Brasil y la amplia resistencia obrera y popular contra la ofensiva del gobierno de Macri, para no hablar de la movilización popular que se está abriendo contra Trump en el propio corazón del capitalismo o la que tuvo lugar en Francia contra la reforma laboral.
 
Mientras la bancarrota capitalista tiende a agravarse, la línea dominante en la izquierda es acentuar sus compromisos con el orden social vigente. Esto se constata en los casos emblemáticos de Podemos (España) o Syriza (Grecia) y se extiende a todas las formaciones de izquierda democratizante en Europa. Vale también para América Latina, donde naufragan las corrientes tributarias del nacionalismo burgués y del llamado “progresismo”. La denominada “izquierda radical” termina por hacer seguidismo y/o actuando de furgón de cola de la burguesía, del Estado capitalista y sus partidos, sacrificando una estrategia de independencia de clase. Una de sus manifestaciones es la existencia de una tendencia internacional enrolada en “el populismo radical”, un frente programático, teórico y político antimarxista y antirrevolucionario. Esta tendencia juega un rol disolvente en el Frente de Izquierda argentino y también en la crisis de la Coordinadora por la Refundación de la IV Internacional (CRCI). El agrupamiento internacional del cual somos uno de sus fundadores y animadores ha entrado en la parálisis y ha dejado de existir como organización centralizada.
 
Las distintas expresiones del “populismo anticapitalista” tienen por denominador común el rechazo al Programa de Transición como método de lucha por el poder, en el marco de la bancarrota capitalista mundial y de la emergencia de situaciones pre-revolucionarias y revolucionarias, y de giros políticos de las masas. Ningunean la lucha por la dictadura del proletariado y reivindican en cambio al teórico italiano Antonio Gramsci (1891-1937), quien pregonaba una pseudo “hegemonía”, en esencia “cultural”, cristalizada en “un bloque histórico”. Esa postura está reñida y es contraria a la teoría de la revolución permanente.
 
Este frente programático, que nuclea a diversas corrientes que se declaran trotskistas y adherentes a la IV Internacional, constituye un recurso último del capital, en cuanto sistema, para bloquear la formación y el desarrollo político revolucionario de la vanguardia obrera. Uno de los ejes de la crisis de la dirección revolucionaria gira, en la actualidad, en torno de posiciones pseudo-anticapitalistas y democratizantes, de un lado, y el socialismo basado en la dictadura proletaria del otro.
 
Esta orientación oportunista emerge de una situación objetiva: a nivel internacional los grandes partidos tradicionales de contención de la clase obrera están en crisis -lo cual da cuenta de la transición convulsiva que se verifica a escala mundial- y nuevas variantes son promovidas para servir como valla de contención del movimiento popular.
 
 
Delimitación política
 
El programa y la trayectoria política de la CRCI son una base fundamental para la continuidad de la tarea de poner en pie una acción política independiente y un reagrupamiento internacional de la vanguardia obrera revolucionaria. Quienes vimos que la crisis capitalista era la partera de una etapa catastrófica convulsiva, y expresaba la continuidad de la etapa histórica abierta por la Revolución de Octubre -de guerras y revoluciones- tenemos la posibilidad de orientarnos en el nuevo cuadro con una política revolucionaria. Los izquierdistas que dieron por concluido este ciclo histórico se integran a los regímenes políticos de la burguesía como variantes democratizantes.
La refundación inmediata de la IV Internacional es una tarea estratégica, lo que no es posible sin una delimitación implacable contra el oportunismo y el centrismo.
 
 Esta nueva etapa de convulsiones políticas extraordinarias arranca con el nacionalismo burgués y el centroizquierdismo golpeados por nuevos fracasos. La tentativa de sustituir el socialismo del siglo XX (Revolución de Octubre), por el del siglo XXI (chavismo o “socialismo de mercado”) no ha pasado la prueba de la historia. La crisis mundial revalida el programa y el método de la IV Internacional.
 
 
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