6 de julio de 2017 | #1465 | Por Vitoco La Rosa (desde Chile)

Chile: Primarias presidenciales, un episodio de la crisis política

Las primarias en Chile no son obligatorias. La coalición gobernante -Nueva Mayoría, versión ampliada de la Concertación PS-DC, junto al PC y otros partidos de centroizquierda-, no se presentó, exponiendo en forma descarnada su fractura política interna. Hasta el momento, todo indica que iría dividida en dos candidaturas a la primera vuelta, hecho que nunca había ocurrido desde el fin de la dictadura militar en 1990. La elevada votación que cosechó la derecha no puede disimular el hecho más relevante de la elección: votaron apenas 1.800.000 personas (un 13% del padrón electoral) -o sea, que las primarias no entusiasmaron a nadie. En términos generales sigue siendo palpable un cuestionamiento al régimen político de conjunto, que se ha visto surcado por impresionantes movilizaciones callejeras en los últimos tiempos y el desarrollo creciente de conflictos y huelgas en los lugares de trabajo.
 
Nueva Mayoría, en disgregación
 
Hace menos de un año, todos los medios apuntaban a que la presidencia se definiría entre Ricardo Lagos (Concertación) y el derechista Sebastián Piñera.
 
Dentro del concertacionismo, la candidatura de Lagos era un intento bonapartista de superar la lucha faccional de los partidos que la integran. Por el contrario, su candidatura reforzó el rechazo popular contra la Nueva Mayoría, fundamentalmente en los sectores juveniles, por la ligazón de su anterior gobierno con la profundización de diversas privatizaciones, especialmente la educativa; la creación de los créditos CAE para la educación privada con su consecuencia de más de un millón de endeudados. Finalmente, se vio forzado a bajar su candidatura, luego de que el Partido Socialista le diera la espalda y eligiera como su candidato presidencial al senador independiente y periodista Alejandro Guillier. Esta postulación apuntaba a desarrollar un operativo de cooptación del llamado “mundo independiente”, todo en miras de alta tasa de abstención que marcó la pasada elección presidencial.
 
La bajada de Lagos constató la descomposición del concertacionismo y dinamizó las fuerzas centrífugas, como los amagues de ruptura de la Democracia Cristiana. Posteriormente a la primaria, Carolina Goic (de la DC) planteó que le abre las puertas al “que crea en una derecha distinta a la de Piñera”. Esa posición, de mantenerse, echaría por tierra los esfuerzos que están haciendo el PS y el PC de seguir negociando una candidatura única para la elección presidencial de noviembre. La Democracia Cristiana prepara las valijas para un cambio de gobierno.
 
Estamos en la última etapa de la Concertación. Asistimos a un nuevo fracaso de la política de frente popular del PC, que ha perdido su capacidad de cooptar a los diferentes movimientos de lucha que recorren el país. La Nueva Mayoría se convirtió en el gran perdedor de la primaria, sin presentarse a la cancha.
 
El Frente Amplio (un armado “pluralista” que va desde agrupaciones ex Concertación, nuevos partidos que se autodefinen de “izquierda” que emergieron después de las movilizaciones de 2011, con un fuerte contingente de estudiantes, docentes universitarios y hasta organizaciones de derecha como el Partido Liberal se presentó como la principal “novedad”. Venía ganando terreno en las encuestas y capitalizando la caída de la Nueva Mayoría. Beatriz Sánchez ganó la interna, pero obtuvo una votación muy baja, según lo proyectado por ellos mismos (algo más de 300 mil votos). Se presentó con un planteo de antipolítica (ni derecha ni izquierda), anticorrupción de “manos limpias” y “renovación” del personal político, pero sin cuestionar las bases sociales del régimen heredado de la dictadura. Una réplica de Podemos español, pero en clave trasandina. Sus candidatos renunciaron a oficiar de voceros de las grandes reivindicaciones sociales que impulsan la movilización popular (jubilación privada, gratuidad de la educación, el salario y los puestos de trabajo).
 
Piñera, otra vez Piñera
 
Los medios capitalistas, en los días posteriores a las primarias, caracterizaron esta elección como una “inesperada movilización que da cuenta de un estado de ánimo y convicción sobre la necesidad de un cambio de gobierno” (El Mercurio, 3/7).
 
Sin embargo, la derecha llegó a las primarias en una interna caliente, con acusaciones cruzadas de corrupción y financiamiento ilegal de la campaña. Piñera carga con la hipoteca de su propia gestión de gobierno, que terminó desacreditada y en medio de un creciente descontento popular. La derecha viene cogobernando el país con la Concertación en los últimos 15 años.
 
Votaron juntos la gran mayoría de las iniciativas de rescate a los capitales en crisis a costa de las arcas fiscales y leyes antiobreras, como lo fue la miserable ley de salario mínimo. Existe un verdadero abismo entre el piñerismo y los trabajadores, y con más razón entre la juventud de las universidades que en la lucha estudiantil por la gratuidad de la educación terminó precipitando la derrota de Piñera en su pasado gobierno. La receta de recambio de Piñera no dista mucho de lo que ya viene haciendo Bachelet, donde los subsidios y la asistencia social a cuentagotas se colocaron como la fórmula para mantener en pie el régimen de privatizaciones, usando los recursos públicos para mantener o incrementar la ganancia privada en medio de una profunda crisis de sobreproducción. 
 
El agotamiento del régimen está generando un hartazgo popular y la crisis política en los partidos tradicionales se sigue desarrollando como tendencia.
 
La izquierda y sus desafíos
 
El derrumbe de la Nueva Mayoría significa una apertura de una nueva transición histórica en el país. Es necesaria una alternativa política de los trabajadores.
 
La izquierda tiene hoy el desafío de sacar adelante el “programa de la calle”, el conjunto de las demandas y reivindicaciones que están planteadas por las luchas en las fábricas, en la juventud, en el movimiento de mujeres y en las movilizaciones de masas por el fin de las administradoras de fondos de pensiones (AFP), y abriendo un rumbo político. Estas demandas están por fuera de la agenda de todos los partidos que se presentan a la elección. El planteo de una Asamblea Constituyente libre y soberana debe jugar un rol central dirigido a agrupar a los trabajadores y los sectores populares en la perspectiva de poner fin a la herencia pinochetista, tanto en el plano político como en el económico, para así, reorganizar al país sobre nuevas bases sociales, bajo la dirección de la clase obrera.
 
Debemos hacer consciente la necesidad de una nueva dirección en los sindicatos que se ven golpeados por la reforma laboral, para luchar por un salario igual a la canasta básica familiar y el fin del trabajo precario y contra los despidos. Por la restitución inmediata de los aportes patronales, el 83% móvil y por la transferencia de todos los cotizantes y sus ahorros a un nuevo organismo estatal de fondo de pensiones bajo control y administración de los trabajadores para terminar con las AFP. Por una genuina gratuidad de la educación pública y la condonación de la deuda educativa de todas las familias afectadas; estatización bajo control de estudiantes, docentes y funcionarios de todas las instituciones privadas que cierren o se encuentren en situación de quiebra. Por un gobierno de trabajadores, único capaz de convocar una Asamblea Constituyente soberana.
Tags: chile, elecciones

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