31 de agosto de 2017 | #1472 | Por Pablo Heller

Estados Unidos: Agresión en Afganistán y crisis política

“Con su giro en Afganistán, Trump le tiende la mano al establishment”. Así tituló La Nación la reciente decisión de Trump de continuar la presencia militar en Afganistán. Hasta ese momento, el presidente norteamericano había pregonado la necesidad de retirarse de dicho país. Quienes pusieron el grito en el cielo fueron los sectores derechistas más recalcitrantes, partidarios del retiro, que tildaron a Trump de “panqueque”. La decisión fue celebrada, en cambio, por el Ejército y por el Partido Republicano, cuyos representantes en el Congreso lo cubrieron de elogios. El anuncio sobre Afganistán coincide con el desplazamiento del ala más facistoide del gabinete, empezando por su asesor en jefe, Bannon, uno de los hombres de mayor confianza del presidente. La crisis que estalló en torno de los episodios de Charlotteville, fue el momento elegido por la elite empresarial y militar para forzar un cambio de gabinete.
 
La preocupación del establishment es que el racismo descontrolado de La Casa Blanca termine por comprometer el paquete de medidas que el gobierno tiene en carpeta: implementación de los recortes fiscales para las corporaciones, la eliminación de regulaciones empresariales, desmantelamiento del seguro médico para los más pobres. En otras palabras, la agenda delineada por Trump al arrancar su mandato sigue en pie. Lejos de abandonarla, estamos en presencia de una tentativa de salvarla y hacerla viable, removiendo los escollos que se interponen en la Casa Blanca. En esta línea, el New York Times, en un editorial declaró: “Los estadounidenses, acostumbrados constitucional y políticamente a líderes civiles, dependen ahora de tres generales activos y retirados -John Kelly, el nuevo jefe de personal de la Casa Blanca, H. R. McMaster, el asesor en seguridad nacional, y Jim Mattis, el secretario de Defensa- para prevenir que el señor Trump se salga completamente de curso” (NYT, 18/8). Este “control” sobre el gobierno fue respaldado por los círculos empresarios. Un coro de líderes corporativos salió a la palestra para denunciar “ a los grupos de odio” y defender “la tolerancia”.
 
Habrá que ver hasta qué punto las heridas que ha abierto este principio de crisis política pueden cerrarse. Si el bonapartismo de Trump tendiente a armar un poder personal, puede superar esta prueba y sobrevivir en medio del condicionamiento que pretende imponerle la elite gobernante. De lo contrario, la grieta va a profundizarse y, de la mano de ello, las tendencias al impeachment, que en la actualidad están latentes en la investigación en curso por los vínculos del presidente y su elenco de colaboradores con el gobierno de Putin. Lo cierto es que, como telón de fondo de este cuadro, se encuentra la creciente inestabilidad política y económica que acosa a Washington en todos los frentes. Una recuperación económica endeble, con índices de empleo decepcionantes -enorme precariedad laboral- y el peligro de un colapso de la burbuja financiera, que se ha inflado desde el desplome de Wall Street. Las cotizaciones de la bolsa no se compadecen con los resultados corporativos ni con el estadio actual de los negocios.
 
Lo mismo puede decirse en el plano internacional. El presidente norteamericano ha intentado exhibir en el ámbito internacional un liderazgo y una iniciativa que oficie de contrapeso a los escollos que tropieza en el frente interno. Pero hasta ahora no puede mostrar algún éxito relevante. En los principales escenarios de conflicto enfrenta una impasse. Afganistán no es la excepción.
 
 
Tags: estados-unidos, afganistan, donald-trump

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