14 de noviembre de 2017 | Por Rafael Santos

La declaración Balfour y la Revolución Rusa

Sionismo y socialismo
El 2 de noviembre de 1917 el gobierno imperialista inglés firmó la llamada Declaración Balfour, que tomaría estado público una semana después. Dirigida al banquero Rotschild, con el pedido de que se hiciese llegar a las organizaciones sionistas, comprometía al gobierno inglés a instalar un Hogar Nacional para los judíos en Palestina al finalizar la guerra.
 
Las revoluciones burguesas en Europa occidental trajeron también la emancipación de los judíos. Estos pudieron salir de sus guetos y tener igualdad de derechos políticos iniciándose un período de asimilación en el marco del capitalismo ascendente. Pero el rápido desarrollo capitalista y su ingreso hacia finales del siglo XIX en la etapa del monopolio, el imperialismo y la crisis capitalista, volvió a recrear fuertes tendencias antisemitas. Como señaló Trotsky el “moderno antisemitismo no son los prejuicios ‘precapitalistas’ sino la destilación químicamente pura de la cultura del imperialismo”[1]. El “caso Dreyfus” -un juicio por espionaje amañado con ‘pruebas’ y acusaciones falsas contra un oficial militar judío- dividió Francia evidenciando una firme corriente chauvinista y antisemita. El antisemitismo estaba firmemente instalado en la cuna de la revolución burguesa.
 
En Europa Oriental, en el imperio del Zar, donde la revolución se había demorado, vivían más de 6 millones de judíos en las peores condiciones de discriminación y persecución. La autocracia impulsaba masacres –pogromos- contra las comunidades judías, para desviar las energías revolucionarias que afloraban en momentos de crisis. El asesinato del zar Alejandro II (1881) desencadenó una ola de pogromos con miles de muertos que duró casi dos años. El zarismo dictó unas 650 leyes que discriminaban a los judíos (residencia obligatoria en ciertas zonas, prohibición de ejercer cargos públicos, impedimento para seguir estudios universitarios, etc.). Esta ola de persecuciones organizada directamente desde el poder zarista, llevó a crecientes migraciones hacia Europa occidental, Norte y Suramérica.
Se trataba de un nuevo tipo de antisemitismo: no buscaba como en la época de la Inquisición la conversión del judío al cristianismo, sino su expulsión del ciclo productivo y la sociedad. Tomaba un carácter abiertamente racista.
Sobre esta ola de nuevo antisemitismo tomó impulso el sionismo: llevar a todos los judíos hacia Palestina de donde habían sido expulsados por los romanos 1800 años antes, para reconstituir un refugio nacional. Fue apoyada por la gran burguesía judía (banca Rotschild, barón Hirsch, etc.) financiera y políticamente. Siguiendo las tendencias imperialistas de la época proponían una empresa de colonización de Palestina, bajo dominio del imperio Otomano. Dirigencias sionistas intervinieron activamente frente a las grandes potencias buscando su apoyo. Se entrevistaron con el Sultán Otomano y el Kaiser de Alemania para ponerse a su servicio creando una colonia judía que ayudara a estabilizar el Medio Oriente contra la disgregación imperial y la insurgencia árabe. Recorrieron todas las cortes y gobiernos europeos con propuestas similares. También lo hicieron con el zar ruso al que, por otra parte, le ofrecieron transformarse en un canal de desvío a la creciente evolución del pueblo judío hacia los partidos y corrientes socialistas que impulsaban el derrocamiento revolucionario del zarismo. El zar hizo promesas vagas, pero alentó la intervención sionista distraccionista sobre la clase obrera judía.
 
Los partidos revolucionarios marxistas canalizaron históricamente a parte importante de la intelectualidad judía (Marx, Lasalle, Trotski, Zinoviev, Kamenev, Radek, Luexemburgo, etc.). Fueron los que pusieron el cuerpo en la defensa de los judíos contra los pogromos del zar y la reacción. En su libro “1905”, Trotsky relata (cap. 12 “Los sicarios de su Majestad”) como los obreros socialdemócratas organizan grupos de autodefensa para enfrentar los pogromos que el zar organiza contra los judíos para desviar las energías de la revolución en curso.
 
En esta actividad se destacó el Bund, que organizó masivamente a los trabajadores judíos de Polonia, Lituania, Ucrania y Rusia, y libró junto al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) una lucha sin cuartel por unir a los trabajadores judíos con el resto del proletariado del imperio zarista, contra las corrientes sionistas y su aventura de emigrar y colonizar Palestina, apartando a los obreros judíos de la lucha revolucionaria.
 
El Bund se colocó mayoritariamente en la fracción menchevique, enfrentando a Lenin y a los bolcheviques y en la revolución de febrero de 1917 siguió esta orientación apoyando al gobierno provisional contra el planteo bolchevique de profundizar la revolución, imponiendo el poder obrero de los soviets.
 
Pero de Febrero a Octubre, al igual que con los mencheviques, una amplia vanguardia de los obreros judíos del Bund se fueron pasando al bolchevismo, una de cuyas consignas centrales era terminar con la guerra imperialista, retirando de inmediato a Rusia de esa carnicería.
 
Fue en este marco que se produjo la Declaración Balfour.
 
Los aliados (Francia, Gran Bretaña y Rusia) habían planeado desmembrar el imperio Otomano aliado a Alemania y al imperio Austro-Húngaro y repartirse los territorios de este en Asia y Africa. A los ingleses les tocaría Egipto e Irak, a los franceses la gran Siria y Líbano, incluyendo parte de Palestina. Los británicos, preocupados por el control del Canal de Suez, querían sacar de Palestina a los franceses: entonces idearon el Hogar Judío con los sionistas para actuar como Protectorado. Al mismo tiempo traicionaban las promesas de independencia nacional hechas a los árabes que fueron llevados a levantarse contra los turcos. En el esfuerzo de guerra el ministerio de Relaciones Exteriores intentó con la Declaración Balfour ganarse el apoyo del conjunto de la comunidad judía mundial. Los judíos de Alemania se enrolaban en el ejército del Kaiser contra el Zar reaccionario que perseguía con pogromos a los judíos del Este.
 
El embajador británico en San Petersburgo, Buchanam, saludó la declaración Balfour: "espero que la juventud judía ya no seguirá a los bolcheviques"[2]. Pero llegó tarde: cinco días después, el 7 de noviembre, los bolcheviques tomaban el Palacio de Invierno. Lloyd George (primer ministro británico de la época) en sus Memorias afirmó: "creía que si Gran Bretaña declaraba su apoyo a la realización de las aspiraciones sionistas en Palestina, uno de los efectos sería atraer a los judíos de Rusia a la causa de la Entente…Si la Declaración hubiese llegado un poco antes, posiblemente habría alterado el curso de la Revolución" [3](subrayado mío).
 
El Bund socialdemócrata, siguiendo a los mencheviques, no apoyó esta toma del poder y se retiró de los soviets. En la guerra civil que se iba a desarrollar en 1918, los ejércitos blancos contrarrevolucionarios -apoyados por los mencheviques- retomaron la metodología reaccionaria lanzando fuertes pogrom. En el caso de Ucrania hubo 2000 con casi 150 mil muertos judíos. Los bolcheviques y el ejército rojo salieron en defensa de los judíos y ganaron así a la casi totalidad de los judíos ucranianos para la defensa del poder soviético.
 
La revolución rusa eliminó todas las leyes contra los judíos, permitió y alentó el libre desarrollo de la cultura judía que floreció como nunca antes la historia. El sionismo quedó reducido a una minoría en los territorios dominados por el viejo zarismo.
 
Solo la contrarrevolución estalinista impulsó el antisemitismo como parte de la política burocrática y permitió luego de la segunda guerra mundial y sobre la base del genocidio hitlerista que masas desesperadas de judíos se volcaran al sionismo sostenido por Gran Bretaña y EEUU contra los pueblos árabes. La función contrarrevolucionaria del estalinismo se evidenció también en el apoyo dado por Stalin –que incluso dotó de armas checoslovacas a las tropas sionistas- a la creación del Estado de Israel, expulsando a los pueblos árabes palestinos.
 
La Declaración Balfour no logró frenar el apoyo de las masas judías a la revolución rusa en 1917, pero se transformó en la piedra basal de la política contrarrevolucionaria de colonización sionista de Palestina. Para Churchill "la lucha entre los judíos sionistas y los bolcheviques es casi una lucha por el alma del pueblo judío"[4].
 
En la IV Conferencia Euro Mediterránea realizada en mayo último, donde participo nuestro Partido Obrero, se votó una resolución destacando a un siglo de distancia la vigencia de la Revolución de Octubre y la necesidad de redoblar la lucha por abolir el resultado reaccionario de la Declaración Balfour y luchar por una Palestina laica, democrática y socialista en el territorio histórico de Palestina, como parte de la lucha por una Federación Socialista de Medio Oriente.
 
 
NOTAS:
 
[1] Manifiesto de la Conferencia de la IV Internacional sobre la guerra.
 
[2] Alfred Bauer, Historia Crítica de los Judíos, Ed Ciencias del Hombre.
 
[3] Ran Maron, Los bolcheviques y la declaración Balfour, citado por Arlene Clemesha en ”En Defensa del Marxismo 30”
 
[4] Lenni Brenner, El Sionismo en la era de los dictadores , citado por Arlene Clemesha, en “En Defensa del Marxismo 30”
 
 
Para ampliar el tema se puede consultar esta charla-debate que se desarrolló en el Seminario por el centenario de la revolución de octubre:
 
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