9 de agosto de 2017 | Por Jorge Altamira

El “relato” de “La Nación” – “periodismo militante”

Escribe Jorge Altamira.
Las ocupaciones de algunas empresas e incluso de yacimientos petroleros han suscitado una contraofensiva de los grandes medios, más allá del recurso a la Gendarmería y a la distribución de ‘snacks’ a los represores. En apretada síntesis, el ‘relato’ atribuye los despidos y la desocupación a la lucha de los trabajadores, y no como es en realidad – a los cierres de empresas y cesantías masivas las ocupaciones de los lugares de trabajo. “Dejen que opere la ‘creatividad destructiva’ del capitalismo”, dice el ‘relato’, y Argentina conocerá un progreso incesante y un cese de la miseria social. Es a esta versión de la historia que La Nación dedica el editorial del domingo pasado, donde asegura que la acción de la “izquierda cerril” y “violenta” conspira “contra la inversión y el empleo”. A una semana de las Paso, la diatriba del diario deja ver la preocupación que le suscita el crecimiento electoral que registrarán los ‘cerriles’ el domingo próximo.
 
“Fracaso argentino”
 
Esta ‘tesis’ de conjunto está escrita en el marco de la crisis capitalista mundial más aguda desde los años 30 del siglo pasado, que ha implicado una destrucción sin precedentes de fuerzas productivas - de la cual no se ha salido aún a pesar de una operación de rescate estatal que ha costado, aproximadamente, 20 billones de dólares y una caída generalizada de los niveles de vida.
 
El editorialista toma como pretexto a las empresas recuperadas, las cuales explica como “náufragos del fracaso argentino”. Argentina, sin embargo, no está en el limbo: es una sociedad capitalista en el marco de una economía mundial capitalista. O sea que esas empresas emergieron como producto de un ‘fracaso’ capitalista – no como ‘un fracaso argentino’. El editorialista atribuye la existencia de “350 empresas recuperadas” a “sendas crisis en sucesivos populismos”, cuando fueron el producto del derrumbe capitalista que siguió a doce años de gestión ‘neoliberal’ (1989/2001).
 
Las empresas recuperadas, como lo sabe todo el mundo y La Nación también, fueron una consecuencia de la bancarrota capitalista que estalló en diciembre de 2001, luego de doce años de gestión privatista ‘cerril’, en la que intervinieron los mismos funcionarios que hoy revistan en el macrismo. Fueron el resultado de un masivo vaciamiento empresario, es decir de una operación capitalista de rescate de capital por medio de una destrucción de fuerzas productivas. Las instituciones políticas de esos años, compuestas por menemistas y aliancistas, se resignaron a la expropiación de las empresas vaciadas como una suerte de “mal menor”, porque de un lado evitaban que la movilización popular contra el derrumbe capitalista se convirtiera en una insurrección generalizada (“que se vayan todos”, realmente) y del otro lado habilitaban el pago de indemnizaciones a los vaciadores, una carga que el Estado trasladaba a la nueva gestión. La ocupación de las empresas vaciadas y su puesta en producción mostró la capacidad creativa de la clase obrera y los trabajadores.
 
Un latrocinio incluso mucho mayor fue el vaciamiento bancario, como consecuencia de la evasión de capital tanto legal como clandestina, que culminó en el ‘defol’ de la deuda externa y la mayor confiscación de ahorros de la historia nacional. La ‘destrucción de confianza´ en el capital fue promovida por el capital mismo. La Nación no publicó ningún editorial de protesta, en 2002, por los redescuentos masivos otorgados por el Banco Central a los bancos privados (emisión) para rescatarlos de la quiebra. El ‘populismo’ estatal fue el recurso del capital para lograr su propio rescate. Es lo que sigue ocurriendo ahora con los subsidios al capital petrolero, que recibe un precio superior al internacional, que pagan los consumidores con tarifazos enormes que pretenden restablecer la dolarización de los servicios públicos.
 
Bicicleta financiera
 
De acuerdo a La Nación, “Argentina se encuentra ávida de inversiones y le cuesta mucho lograrlas”. Que le “cuesta mucho”, es indudable; como lo demuestran las tasas de interés que paga por el endeudamiento internacional que no ha tenido ninguna dificultad en conseguir. El macrismo, sin embargo, no ha logrado traducir esa financiación en inversión productiva; al revés, ha acumulado una deuda del Banco Central superior al billón de pesos, equivalente a 60 mil millones de dólares, y ha incrementado la deuda pública en otros 40 mil millones de dólares. El servicio de esa deuda representa el 70% del déficit fiscal. El capitalismo que defiende el editorialista muestra su rostro parasitario en toda su dimensión.
 
La dificultad para acumular capital productivo es, sin embargo, un fenómeno mundial, a pesar de la enorme masa de capital-dinero en circulación: no hay una sola estadística que no registre un retroceso de la productividad y un recule de la inversión. Es esto lo que explica el ataque descomunal a los derechos previsionales y laborales en todo el mundo. Es así que el capital busca obtener un incremento de la tasa de plusvalor sobre trabajador empleado y un aumento de la tasa de ganancia sobre el capital invertido.
 
La extensión del área geográfica de las guerras internacionales no se explica por razones ‘geo-políticas’ sino sociales: es una tentativa del capital internacional para apoderarse de recursos estratégicos que mejoren su performance económica, y una tentativa política para imponer la destrucción de conquistas históricas por medio de medidas de excepción o propias del estado policial. Cuando el editorialista se solaza con el fracaso de la experiencia de la UP y de Allende, en Chile, apenas oculta su satisfacción por la política que impuso Pinochet. ¿Por qué será que La Nación no tiene una sola palabra para la dictadura genocida de Argentina, que implantó un programa similar al que propugna el diario, y terminó con la crisis de deuda externa de 1982 – de la cual pretendió zafar con la guerra de Malvinas? La historia del capital es una de barro y sangre.
 
La Nación es ingrata, se ensaña con el ‘populismo’ sin reconocerle que ‘desendeudó’ a Argentina (como lo reconoce el macrismo), o sea que pagó deuda externa a los acreedores e ‘inversores’ capitalistas por casi 200 mil millones de dólares y permitió de este modo la apertura del ciclo de endeudamiento macrista. “Cristina lo hizo”. Para ello, claro, endeudó por una suma superior a la Anses, el Banco Central, la Lotería, el Banco Nación – en perjuicio de las jubilaciones pasadas y futuras, mediante la desvalorización de la moneda, t en detrimento de los salarios e ingresos fijos. La Nación no tiene siquiera una palabra para la confiscación de los aportes jubilatorios a fin de pagar de una deuda fraudulenta. No quiere admitir que el capitalismo es un régimen confiscatorio.
 
Cuento chino
 
El editorialista de La Nación no se priva de una operación deshonesta muy habitual, que consiste en convertir al rumano Ceaucescu (que pagó el ciento por ciento de la deuda externa, con el ‘asesoramiento’ del FMI y a costa de un sufrimiento humano gigantesco) y al coreano Kim en “socialistas”, mientras oculta que Hitler, Mussolini e Hirohito eran mucho más que capitalistas, pues salvaron en una forma sangrienta sin precedentes al capitalismo mundial del derrumbe de la década del ´30. Después de la barbarie capitalista de la segunda guerra, diversos pueblos intentaron cambios revolucionarios que fueron usurpados por burocracias políticas que ‘coexistieron pacíficamente’ con el imperialismo mundial.
 
Abolir la explotación del hombre por el hombre y conquistar la libertad (que es mucho más que la democracia) es una gesta que debe alcanzar un desarrollo mundial. La sociedad burguesa requirió 300 a 400 años para arrancar efectivamente, la socialista llevará todo un período histórico – pero qué mejor prueba de su vigencia que los renovados intentos de los trabajadores para retomar ese camino.
 
Los estados que emergieron de las revoluciones soviética, china y cubana representaron, incluso con sus deformaciones enormes, avances colosales respecto a la barbarie zarista, la desintegración nacional y las miserias de la China imperial, y el colonialismo prostibulario de Cuba (su hermana Puerto Rico se encuentra en bancarrota y sufre una emigración masiva).
 
Curiosamente, el editorialista festeja el capitalismo en China. No repara en su habitual diatriba contra el totalitarismo político, sin el cual no habría avanzado siquiera un paso hacia la restauración capitalista en ese país. Los regímenes dictatoriales han sido funcionales a la restauración del capital – no al desarrollo del socialismo. China es en primer lugar un capitalismo esclavista – el sueño de los partidarios de la reforma laboral.
 
El ‘éxito’ que le atribuye La Nación es, además, una consecuencia fundamental de la revolución de 1949 y del Estado que surgió de esa revolución, porque estableció la unidad nacional que había perdido en el curso de los cinco siglos precedentes. Los obreros y los campesinos convirtieron a China en un estado nacional. China, sin embargo, no escapa a la crisis mundial: su nivel de sobreinversión y sobreendeudamiento llevará en forma inevitable, en un plazo más corto que largo, a una bancarrota gigantesca, que pondrá a prueba esa restauración capitalista y motivará a los trabajadores a luchas cada vez mayores.
 
Guerra de clase
 
El editorial en cuestión desarrolla un programa de guerra de clases del capital contra el trabajo. Es la misión que encomienda al macrismo, como antes a las dictaduras militares que siguieron al golpe de 1955, y a los gobiernos de Menem y De la Rúa. En esto consiste, en esencia, la crítica al populismo, que intenta mediar entre el capital y el trabajo, en la medida en que se lo permiten los recursos económicos.
 
El ‘populismo’ mantuvo la privatización del petróleo y los servicios públicos; impulsó la minería a cielo abierto; acható la pirámide jubilatoria; abrió el negocio del gas no convencional para Chevron, Techint y Shell; pagó una fortuna a los acreedores internacionales; arregló con el Club de París. La crítica al populismo es una cortina de humo de un planteo de guerra de clases contra el trabajo – que no quiere confesar sus intenciones. El editorial es un llamado a no abandonar las armas frente a lo que se perfila como una derrota del macrismo en las Paso y, eventualmente, en la elección general. Los elogios a la Colombia del narcotráfico y los asesinatos sociales; al Perú de las masacres mineras; ni qué decir al México de los asesinatos masivos, retrata el carácter reaccionario de todo este propósito periodístico.
 
Pero la crítica al populismo oculta el objetivo fundamental que es la crítica a la izquierda, que llama a defender el trabajo contra los despidos y cierres de empresas, en el marco de una crisis industrial, y llama a combatir las tentativas de legalizar la esclavitud laboral que ya se encuentra en curso, en los “convenios sectoriales” y en la aplicación creciente de la jornada de doce horas, en el trabajo de fin de semana y en una durísima flexibilización laboral. El mundo del trabajo no se encuentra simplemente frente a un ‘ajuste’ sino ante una declaración de guerra.
 
El editorial de La Nación expone este nuevo “periodismo militante”, como lo ha hecho en otras ediciones con la defensa de los genocidas de la dictadura militar.
Tags: la-nacion, crisis-economica, banco-central

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Jorge Altamira

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